domingo, 3 de febrero de 2008

Roma y las guerras de frontera

Zona Norte: Rhin-Danuvio
Introducción
La expansión de Roma comenzó con las conquistas de sus vecinos del Lacio y del sur de Etruria, asimilación de los territorios de la Liga Latina y victoria sobre la etrusca Veyes. Tras estos avances estratégicos, la política exterior se dirigió a contener la amenaza de invasiones galas, y a firmar tratados con los samnitas y los cartagineses. Pero no tardó en chocar con los samnitas, que fueron totalmente derrotados tras sucesivas guerras, y además, se logró una de las victorias más decisivas: Sentino (295 a.C.), donde derrotó a una coalición de sabinos, etruscos, umbros y galos.
Roma ya ostentaba el predominio militar en la península itálica, y comenzó la presión expansionista contra otros pueblos, como es el caso de Tarento (colonia griega al sur de la península).

Sus legiones comenzaban a perfilarse como unas herramientas letales, que empezaban a dar sus frutos en los campos de batalla, y ya se podían vislumbrar pinceladas del potencial que en un futuro no muy lejano Cayo Mario y Julio César iban a explotar. Por otro lado, la gran potencia del momento: Cartago, que dominaba completamente los mares, con una flota en esplendor y que sólo siglos más tarde podría Roma superar; un potencial económico sin parangón en la historia, con factorías tanto en el norte de África como en el sur de Iberia, y con posesiones estratégicas en numerosas islas del Mar Mediterráneo; unido a ello, unos conocimientos geográficos superiores a los de cualquier nación mediterránea, y una capacidad económica para tener ejércitos mercenarios de alta calidad (la mejor caballería: los númidas, y la mejor infantería del momento: las falanges macedónicas y los guerreros íberos), gobernados mayoritariamente, eso sí, por generales púnicos. Ante dos potencias tan expansivas y geográficamente cercanas, el conflicto no tardaría en aparecer. Las guerras púnicas, obsesión y preocupación de cada ciudadano de ambas naciones.

Las campañas más memorables de estas guerras pertenecen a las protagonizadas por el gran general cartaginés Aníbal Barca (247-183 a.C.), el cual era proveniente de la noble familia Bárcida, y cuyo padre, Amílcar, le hizo jurar odio eterno a los romanos, llegando a desatar la segunda guerra púnica. Fue proclamado general a los veintidós años y ocho después (219 a.C.) destruyó Sagunto que seguía fiel a Roma aún estando en territorio cartaginés (por el tratado del Ebro que dividió las tierras al norte de este río para los romanos y las del sur para los púnicos). Tras ocho meses de asedio forzó a Roma a declarar la guerra. Acto seguido, inició la legendaria empresa: cruzó el Ebro con su ejército de 55.000 infantes, 9.000 jinetes y 30 elefantes, compuesto básicamente de íberos, libios y un cuerpo reducido con lo mejor de Cartago; cuando se dispuso a cruzar los Alpes en octubre, 3.000 soldados se negaron a seguirle, y Aníbal libró del compromiso a otros 7.000 que albergaban razonables dudas. Tan sólo quería entre sus hombres a los más decididos y comprometidos con la causa. El considerado Napoleón de la Antigüedad quería llevar así la guerra a Italia atravesando las inhóspitas cumbres nevadas, algo que nadie había hecho hasta entonces, toda una genialidad estrátegica, que en Roma producía carcajadas en las charlas de taberna. En su paso dividió el ejército, que padeció las inclemencias del frío y de las nieves, las dificultades para desplazar a los elefantes, y el hostigamiento constante de tribus celtas hostiles.

Tras las tres guerras púnicas, Roma anexionó a sus territorios: Sicilia, Cerdeña, Italia hasta los Alpes, gran parte de la península ibérica y de Iliria (hasta los Balcanes) y el África cartaginés. La ambición no se quedó ahí y prosiguió la expansión durante todo del siglo II a.C. sometiendo como provincias romanas a multitud de tierras mediterráneas: Hispania, Galia narbonense, Macedonia, parte de Asia Menor, Grecia y el norte de África hasta Egipto. Durante este siglo se destruyeron: Corinto (una de las últimas grandes urbes plenamente helénicas), Cartago (146 a.C., en la tercera guerra púnica) y la legendaria Numancia de los celtíberos (133 a.C., último núcleo de dura resistencia en Hispania). Cartago y Numancia cayeron en manos de tropas dirigidas por otro Escipión, nieto de E. el Africano (el cual había sido a su vez sobrino del Escipión derrotado en el Ticino por Aníbal), y que ante el espectáculo de Cartago en llamas, que años atrás había sido el centro del mundo conocido, profetizó la caída de Roma, la ciudad eterna, puesto que no hay nada imperecedero.

El contacto con las culturas griegas y orientales, a la vez que el dominio de las rutas comerciales por mar, empezaron a modificar las antiguas costumbres, que el tradicionalista Catón el Censor (excombatiente contra Aníbal y que también luchó ferozmente contra la corrupción), no pudo salvar en su forma original. Por otro lado, la estructura administrativa y política de la nación se había quedado obsoleta para un territorio tan amplio y aparecieron tensiones y conflictos en el mundo agrícola; todo ello provocó una crisis en todos los sentidos (incluído el militar, ya que la base de las legiones era hasta entonces la población rural, libre y "púramente" romana; tres requisitos que cada vez reunían menos en un territorio cada vez mayor). La crisis desembocó en infructuosos intentos de reforma agraria, que chocaban con los intereses de los adinerados latifundistas, y con una reforma del ejército, que pasó a ser profesional (formado por voluntarios que fidelizaban profundamente con sus líderes; tal hecho sería caldo de cultivo para inminentes guerras civiles).


1.- Expansión por el Mediterráneo. Las Guerras Civiles. Cayo Julio César
Ni siquiera tras terminar con Cartago tuvo Roma un momento de respiro. Grecia se rebelaba, en parte por culpa de los mismos romanos, quienes no gobernaban y tampoco permitían la formación de un gobierno fuerte. Un aventurero llamado Andrisco se proclamó rey en el 148 a.d.C., pretendiendo ser hijo de Perseo. Se alió con varias ciudades-estado griegas y con la agonizante Cartago. Quinto Cecilio Metelo le derrotó con facilidad en la llamada Cuarta Guerra Macedónica. Macedonia fue transformada en provincia. Al sur, la Liga Aquea desafió a Roma, quizá confiada en la suavidad con que Metelo, un filoheleno, había tratado a los derrotados. No contaron con el Senado, que le reemplazó por Lucio Mummio, buen militar y poco amigo de extranjeros. Los griegos no pudieron mantener su pose y Corinto, la principal instigadora de la rebelión, se rindió sin lucha; no le sirvió de mucho pues fue asaltada y saqueada igualmente.
En el oeste, desde el 149 a.d.C. al 133 a.d.C., Viriato y Numancia trajeron en jaque a las legiones romanas. Solo la presencia de un jefe prestigioso como Escipión el Joven impuso disciplina y moral a las tropas italianas. Viriato murió asesinado por los suyos y Numancia resultó completamente destruida. Excepto el noroeste peninsular y algunas zonas de los montes cántabros y vascos Hispania era romana. El 133 a.d.C. fue un buen año para la República. Destruyeron a los numantinos y pusieron el pie en Asia Menor.
Cuando Atalo III, rey de Pérgamo murió sin descendencia, se cumplió su testamento, por el que legaba el reino de Roma. No era traición, en modo alguno; así lo preservaba de la rapiña de los reinos vecinos. ¿Quién osaría enfrentarse a la vencedora de Aníbal?. El país pasó a ser la provincia de Asia y, tras sofocar una pequeña rebelión, quedó definitivamente pacificado en el 129 a.d.C.

Toda la orilla mediterránea estaba en manos romanas o de aliados romanos. Solo el imperio seleúcida, en Oriente Medio, conservaba un cierto poder que pronto se esfumaría al conquistar Roma la que se convirtió en la provincia de Siria.
Pero la acumulación de riquezas no fue la única consecuencia de las conquistas. La afluencia de esclavos minó la competitividad del pequeño agricultor que, sobre el 250 a.d.C. era la base de la ciudadanía. Los ejércitos fueron progresivamente profesionalizándose, ya que resultaba imposible mantener tan largas campañas y regresar para las labores agrícolas, como antaño. La gente emigraba a Roma, donde su ciudadanía se transformaba en un voto que estaba en venta. Panem et circenses, decían, y era cierto. En el 133 a.d.C. y en el 121 a.d.C. vieron la muerte de cada uno de los hermanos Gracos, tribunos que consiguieron que el cargo fuera reelectible y que plantearon una reforma agraria extensa que devolvería sus medios de vida a buena parte de los antiguos agricultores y que proporcionaría tierras en Italia y otras provincias donde establecer como colonos a los soldados licenciados. Fallaron los Gracos y sus sucesores porque mantenían junto a las demás propuestas la del otorgamiento de la ciudadanía romana a todos los habitantes de las ciudades italianas, siquiera fuese por su lealtad en los momentos difíciles. El espíritu egoísta y conservador de los más pobres quiso negarles (y lo consiguió durante 50 años) ese derecho. Solo la necesidad de disponer de paz interna, justo cuando se produjo la Guerra Social (de socios, aliados) por la rebelión de unas ciudades italianas de mayoría samnita, al tiempo que el Ponto estallaba consiguió para los italianos un derecho que tenían bien merecido . Sila y Mario, Mario y Sila, disputaron en suelo italiano un terrible guerra civil que solo amainó, que no cesó, con la muerte de ambos (de muerte natural) y el debilitamiento de un Senado que no quiso nunca devolver el poder que el pueblo le había otorgado de modo extraordinario en el momento de las Guerras Púnicas.

Los generales se habían dado cuenta de que un ejército, inteligencia y la suficiente ambición bastaban para conseguir el poder frente a un Senado cada vez más débil y cada vez más dispuesto a ceder ante uno de los suyos con tal de mantener su posición. Pompeyo, aún en vida de Sila, celebró un triunfo completamente ilegal por una campaña en Africa mediante la que consiguió hacerse con el control de las fuerzas partidarias de Mario que allí había. Se enfrentó a Sertorio en España, donde éste había acaudillado a las tribus nativas y fracasó en los combates, si bien Sertorio fue asesinado el 71 a.d.C. (asesinato pagado con buen dinero romano, según se sospecha), lo que salvó a Pompeyo de perder su prestigio militar. También sonó la hora para Craso el Rico con motivo de la rebelión de Espartaco. Buen militar, consiguió derrotar al ejército de esclavos y gladiadores y hacerse de fama y gloria. Justo cuando se dedicaba a barrer las bandas dispersas, Pompeyo regresó de España, se unió a él y recibió más méritos de los que le correspondían. Ambos ganaron el consulado en el 70 a.d.C. y se dedicaron a seguir debilitando aún más al corrupto Senado, donde destacaba uno de los ladrones más competentes de la Historia: Cayo Verres. Este individuo actuó en Asia, donde se embolsó una gran cantidad de riquezas en compañía del gobernador de la provincia. Cuando fueron llamados a Roma para ser juzgados presentó pruebas contra su superior y él quedó libre. Después fue enviado a Sicilia donde llegó a quedarse hasta con el dinero destinado a fletar los buques que debían llevar el cereal desde la isla hasta Roma. Era algo acostumbrado: el gobernador de una provincia siempre se enriquecía....., pero todo tenía un límite y Verres tuvo la mala suerte de encontrarse frente al único hombre que podía conseguir lo que fuera hablando: Marco Tulio Cicerón, el más grande orador romano de todos los tiempos.

En una República donde la locuacidad del abogado podía decidir el resultado de un juicio, Cicerón era un arma formidable para los expoliados sicilianos. Cayo Verres huyó a Massilia con parte de sus bienes y vivió allí, cómodamente instalado durante los siguientes veinticinco años, aunque sin atreverse a volver a Roma.

La estrella del momento era Pompeyo. En el 67 a.d.C. limpió en tres meses las costas mediterráneas de piratas; Roma enloqueció de placer con su niño mimado. Marchó a Asia donde enfrentó a Mitrídates, rey del Ponto. Lo derrotó y el Ponto se convirtió en provincia el año 64 a.d.C., al igual que los territorios de Siria y Judea, regresando finalmente a Italia el 61 a.d.C. Recibió un gran triunfo, licenció sus tropas y pasó a ser un ciudadano más. Supuso, erróneamente, que la sola magia de su nombre bastaría para dominar Roma. Hasta debió soportar la República la rebelión de Catilina. Cicerón, cónsul por entonces, le descubrió, acusó y derrotó, haciéndole ejecutar sin juicio ante la premura de la amenaza que suponía el ejército que el rebelde había conseguido reunir a las afueras de Roma. Esa fue la cima del poder de Cicerón. Cinco años más tarde se vería obligado a exiliarse al Epiro tras la acusación de no haber respetado la ley que exigía un juicio para el conspirador.

César, nacido en el 102 a.d.C., había estado en Asia, combatiendo, fue prisionero de unos piratas a los que persiguió y ejecutó después de ser liberado. Marchó a España, donde ganó gloria militar sometiendo a diversas tribus, allí consiguió una clientela que le sería de utilidad más tarde, cuando se enfrentó a Pompeyo; y también reunió el suficiente dinero para pagar sus deudas con Craso, quien le había asistido en el pasado. Formó triunvirato con ambos y, deseoso de superarles en poder, comprendió que necesitaba un triunfo militar; fijó su mirada en la Galia Transalpina y en el 58 a.d.C. se hizo asignar ambas Galias. Luchó contra los helvéticos, contra Ariovisto (caudillo germano), derrotó e hizo pagar tributo a Casivelauno en Gran Bretaña (donde entraron, siquiera por poco tiempo, las caligæ de los legionarios), en el 52 a.d.C. se rebelaron los galos nuevamente al mando de Vercingetórix, lo derrotó y llevó a Roma cargado de cadenas donde murió en la cárcel mamertina. En el año 50 a.d.C. la Galia quedó en paz y fue transformada en provincia.
Pero los acontecimientos se precipitaron al morir Craso en Partia. En el año 52 a.d.C. Pompeyo fue nombrado cónsul único por el Senado que le pidió protección contra César. Este se las compuso para mantener su mando provincial hasta el 49 a.d.C. En el 50 a.d .C. el Senado decretó que cada ejército debía ceder una de sus legiones para hacer frente a los partos. Además de la suya, César había pedido prestada a Pompeyo una de sus legiones para usarla contra los galos; ahora el Senado (a instancias de Pompeyo) le reclamaba ambas legiones. Con la Galia pacificada, César podía permitírselo; las legiones fueron entregadas y el Senado creyó que aquello era una muestra de debilidad por parte de César.

El 7 de enero del 49 a.d.C. decretaron que Julio debía disolver sus legiones y entrar en Roma como un ciudadano más. Era perfectamente legal..., y también una trampa para acabar con él. Afortunadamente, los dos tribunos de la plebe eran partidarios suyos y huyeron a refugiarse en el campamento de César diciendo que sus vidas (inviolables por ley) corrían peligro. Julio tenía que defender a los tribunos; tal vez ello fuese considerado traición por los senadores, pero el pueblo común apreciaba demasiado a sus únicos representantes ante el poder aristocrático como para disentir de la defensa. El 10 de enero cruzó el Rubicón: “Alea jacta est”.
Tres meses después César dominaba toda Italia y Pompeyo había huido a Grecia. Controló las Hispanias, donde unió al suyo el ejército senatorial allí estacionado, con lo que dobló sus fuerzas. En el 48 a.d.C. se hizo nombrar cónsul y pasó a Grecia, donde Pompeyo había reunido un ejército y una flota. El 29 de Junio del 49 a.d.C. Pompeyo fue derrotado en Farsalia, su ejército se pasó a César y él tuvo que huir a Egipto, tras impedírsele desembarcar en Antioquía. Sin embargo, llegado al reino de los faraones, el 28 de septiembre del 49 a.d.C., con 58 años, Pompeyo es asesinado por Aquila y Septimio. César llegó a Egipto y contempló, horrorizado, la cabeza de su rival asesinado... Poco podía sospechar que, casi cinco años más tarde, él habría de correr la misma suerte bajo la mirada de la estatua de Pompeyo. Entre tanto, César libró algunas batallas en apoyo de Cleopatra, con quien su hermano Tolomeo no quería compartir el trono, como estaba dispuesto. Tras algunas dificultades iniciales provocadas por la escasez de tropas cesarianas, Tolomeo XII murió y su hermana gobernó en unión de su pequeño hermano Tolomeo XIII. Una marcha al Ponto acabó con las últimas tentativas de independencia de Farnaces y una célebre frase fue enviada, a modo de informe, al Senado: Veni, Vidi, Vinci.

Regresó a Italia y, en contra de lo habitual, mostró generosidad y magnanimidad: incluso perdonó a Cicerón. Aún hubo de luchar en Africa y España contra los restos de los ejércitos pompeyanos. Elegido para el consulado para cinco años, tras la victoria de Farsalia, le fue ampliado el plazo a diez tras la victoria de Tapso, en Africa. Vuelto de España, en el 45 a.d.C. fue nombrado dictador vitalicio y a nadie se le ocultaba su intención de proclamarse rey. Hasta su muerte, ocho meses después, hizo reformas contundentes: aumentó el número de senadores a 900, incluyendo a muchos provincianos. Extendió la ciudadanía romana a la Galia Cisalpina y a algunas ciudades de la transalpina y de España. Reformó el sistema de impuestos, comenzó la reconstrucción de Cartago y Corinto, creó la primera biblioteca pública de Roma, reformó el calendario (reforma que, con el retoque del papa Gregorio, ha llegado hasta nuestros días) con ayuda de Sosígenes, un astrónomo egipcio. Si hubiese ideado un tipo de gobierno como el que habría de iniciar su hijo adoptivo Augusto, en vez de juguetear con la (para un romano medio) odiosa idea de convertirse en rey, tal vez hubiera podido eludir la muerte. El 15 de marzo del año 44 a.d.C. fue asesinado por un grupo de senadores conjurados entre los que se contaba su propio hijo adoptivo, Bruto. Aún hoy, en las ruinas del foro de Roma, hay un ramo de flores perenne sobre el túmulo en que se incineró a Caius Iulius Cæsar.

2. Organización Militar
Muchas cosas ocurrieron en el periodo descrito, como hemos visto. Muchas batallas políticas produjeron víctimas tanto en el campo de batalla como en el Foro. Roma luchó contra múltiples enemigos y contra ella misma, aprendiendo de todos y de sus propias debilidades. A finales del siglo II a.d.C. un general muy competente vino a poner un poco de orden en el maremágnum legionario: Mario.

Mario ingresó en el ejército a los 16 años y su pundonor, honradez, valentía y competencia le valieron ser indicado por Escipión Emiliano como el único que podría sustituirle en la jefatura del ejército de Hispania. Conocía la organización militar y sus defectos y tenía la suficiente ambición y capacidad para ejecutar la reforma que exigía la época.
Repasando lo visto, recordaremos que en la organización de Servio Tulio los aristócratas y caballeros servían en la caballería, los ciudadanos propietarios de más de 11.000 ases servían como infantería pesada y los pobres servían como vélites, desarmados o, simplemente, no combatían. Así, la defensa de la República recaía en la clase media. De las Guerras Púnicas y de la conquista de la Hélade salió Roma señora del mundo, pero perdió sus clases medias: los labradores y artesanos, antaño ciudadanos libres, dignos y razonablemente prósperos murieron o vieron confiscadas sus propiedades por la aristocracia..., era el pago que la República daba a quienes soportaron varios siglos de conflictos y sacrificios continuados.
Mario decide llamar al ejército a los proletarii (de la expresión romana que significa “productores de prole”), así la milicia se convierte en un cuerpo democrático; más no debemos dejarnos engañar, sus motivos son puramente militares, no políticos o éticos: no había suficientes legionarios. Las clases populares consiguen así un medio digno de ganarse la vida y de promocionarse socialmente, los no ciudadanos pueden conseguir la preciada ciudadanía para sí y sus hijos.... Se fija el primer enganche en veinte años y así se convierten en excelentes profesionales que no tienen reparos en servir en cualquier parte bajo el jefe que le paga y al que reconocen...., más de un golpe de estado se dio por la pérdida del sentimiento patriótico entre los soldados: se es soldado del general X, no de la República.

Relata Plutarco: “En la marcha hacía de camino trabajar a la tropa, ejercitándola en especie de correrías y en jornadas largas, y precisando a los soldados a llevar y preparar por sí mismos lo que diariamente había de servirles. De aquí dicen provenir el que desde entonces a los aficionados al trabajo, y que con presteza ejecutan lo que se les manda, se les llama mulos marianos”. Sin embargo, él era el primero en dar ejemplo: “Era espectáculo muy agradable al soldado romano un general que no desdeñaba de comer públicamente el mismo pan, de tomar el mismo sueño sobre cualquier mullido y de echar mano a la obra cuando había que abrir fosas o que establecer los reales; pues no tanto admiran a los que distribuyen los honores y los bienes como a los que toman parte en los peligros y en la fatiga, y en más que a los que les consienten el ocio tienen a los que quieren acompañarles en los trabajos”. Obligó a los legionarios a tomar clases de esgrima, contratando instructores de las escuelas de gladiadores que les enseñarían a herir y a evitar los golpes del contrario. Acostumbró a sus hombres a la visión del enemigo; antes de lanzarlos a la lucha contra Teutones y Ambrones les hacía asomar por el valladar, en turnos, para que la costumbre de la visión de los bárbaros atenuase el miedo y la prevención. Hasta tal punto se ha identificado la actividad y el ejercicio con la vida castrense, que el sustantivo exercitus ha pasado de su sentido abstracto “ejercicio” al concreto “soldados reunidos por el ejercicio”.
La gran unidad táctica básica, la Legión, sufrió una reforma radical. En lugar de los treinta manípulos de infantería pesada, se forman ahora diez cohortes, cada cual con su estandarte, compuestas por cinco o seis centurias de cien hombres. Se pierden los 1.200 hombres de la infantería ligera, pero el total legionario pasa de 4.500 a 6.000 hombres. El motivo de este cambio fue que la anterior organización, muy apta para luchar por los Apeninos o contra la poco móvil falange griega, resultaba demasiado vulnerable ante la acometida masiva y a la ligera de los germanos. Ya antes de Mario se habían agrupado varios manípulos, normalmente tres, pero ahora la agrupación se hace permanente. La cohorte consta de tres manípulos de dos centurias cada uno, según Gelio. Se conservan las tres líneas, formadas a base de cohortes, no de manípulos; conservarán también sus nombres, más su composición ya no dependerá del censo o la edad de los soldados.

Sobre la cohorte dice Delbrück: “La táctica de cohortes representa el punto culminante del progreso que podía alcanzar el arte de combatir de la antigua infantería. La misión del artista, esto es, del caudillo, será, en adelante, más que hallar nuevas formas, perfeccionar y utilizar las ya inventadas”. La mejor alabanza que puede recibir la cohorte de Mario viene dada por la evidencia de que ni César ni Pompeyo sintieron necesidad de cambiar su estructura.
Como hemos visto, desaparecen los vélites y la caballería romanos. La infantería ligera y la caballería serán reclutadas entre los pueblos aliados o conquistados: Serán cohors de infantería o alae de caballería que se reunirán genéricamente bajo el título de auxilia. Desaparecen también los cuatro estandartes tradicionales: el lobo, el jabalí, el minotauro y el caballo. Se provee a cada cohorte de un estandarte, un guión, que se renueva cada año. La legión adopta el águila, primero de plata y después de oro. El aquila será el emblema distintivo de cada legión, se venerará en un santuario especial y su pérdida será el mayor vilipendio de la unidad, llegando a disolverse tales unidades, a diezmarse sus componentes y repartir al resto por otras unidades si tal llega a suceder.

Finalmente, se aligera el tren de la impedimenta y se carga a cada legionario con un equipo mayor. Se van organizando los grados militares: optiones, tribunos, evocati, centuriones, tribunos militares y legati, los lugartenientes del Imperator. El armamento se normaliza. El pilum pasa a ser el arma característica de los legionarios, un arma para soldados que luchan a la ofensiva: Su punta de hierro dulce se clava profundamente en el escudo enemigo, la parte metálica del asta se dobla y el adversario se tiene desembarazar del escudo que ahora es un estorbo a sus movimientos, quedando también más desprotegido ante el temible embate del gladius hispanicus, una derivación aún más mortífera de la falcata, de entre 50 y 65 cms. de largo, con punta y doble filo. Cada hombre lleva un puñal, esté en campaña o paseando por la ciudad, y sabe manejarlo perfectamente; se trata de un arma de tipo griego, corto y suspendido de un cinturón especial.
Durante el siglo I a.d.C. se va extendiendo el escudo rectangular cilíndrico, muy probablemente copiado del que usaban los gladiadores, hecho de madera contrachapada, recubiertos de piel muy dura y con refuerzos de bronce o hierro en los bordes y centro. Se adoptó de los celtas un nuevo tipo de casco, fuerte, sin adornos inútiles, con un poco de visera, protección para la nuca y una curvatura para la oreja. Era de bronce con refuerzos de hierro y se apoyaba en un coselete de cuero..., sólo dos mil años después, con la producción de nuevos materiales sintéticos, se cambió la composición de los cascos de batalla que no su diseño, pues los cascos modernos siguen el que los romanos adoptaron y perfeccionaron a instancias de Mario. La coraza más habitual es la cota de mallas, da la impresión de una túnica que llega hasta medio muslo y se sujeta al talle con el cinturón. Debajo de esta coraza llevaban los soldados un jubón de cuero con faldillas y bajo el jubón una túnica de lino o lana cuyos rebordes sobresalían por brazos, piernas y cuello, donde los soldados solían poner una bufanda que protegía su piel de los cortes del metal de la coraza. El cinturón ciñe, como hemos dicho, la coraza y de él pende la espada, podía ser metálico o de cuero con apliques de metal. Las grebas van quedando reservadas a los oficiales, de centurión para arriba, mientras que los soldados irán adoptando de sus contactos con los germanos unos pantalones de lana que les cubrían hasta la espinilla.

3. El origen del poder militar del SPQR
El ejército era el brazo del S.P.Q.R. era el instrumento del que Roma se valió para conquistar primero y mantener después un imperio que abarcaba toda la cuenca del Mediterráneo. No siempre estuvo al mismo nivel ni dominó en todo momento la técnica guerrera, prueba de ello es las diferentes derrotas que sufrió a lo largo de su historia. Sin embargo, tuvo la gran virtud de no considerar nunca la derrota en una batalla como la derrota total de la guerra y, además, supo aprovechar la experiencia para mejorar las técnicas y conseguir ser el poderoso ejército que mantendría unido durante varios siglos el Imperio.
De todo esto se desprende que es difícil hablar de manera uniforme del ejército romano. Se podría hablar de tres ejércitos: el de la Monarquía, el de la República y el del Imperio. En los primeros tiempos de Roma el ejército en su conjunto recibe el nombre de legio, del verbo legere (recoger > tropas reclutadas). En el primitivo ejército hay un cuerpo de caballería, pero el peso principal recae sobre la infantería.

3.1. El ejército durante la Monarquía
Primera época
El reclutamiento de los soldados se hacía teniendo en cuenta la división del pueblo romano en 30 curias y 3 tribus. Cada curia aportaba 100 soldados de infantería (centuria) y 10 soldados de caballería (decuria). El ejército estuvo armamento lo aportaba el soldado, no la ciudad, de ahí que los infantes se diferenciaran según su fortuna: los mejor equipados serían los ricos. Cada año se procedía al licenciamiento y a la movilización ya que el ejército no fue permanente, pues las guerras comenzaban en primavera y acababan normalmente en otoño; terminada la campaña volvían a sus actividades cotidianas.

Reforma de Servio Tulio
Servio Tulio reorganizó el ejército tomando como base el patrimonio económico de cada ciudadano, según una división de los ciudadanos en 5 clases. Su reforma consistió en dar entrada en el ejército a todos los propietarios, ya fuesen patricios o plebeyos; solamente quedaban excluidos los que no podían costearse el equipo militar. Para facilitar el reclutamiento dividió la ciudad en cuatro tribus y los hombres en dos categorías: iuniores (de 15 a 45 años) empleados en el servicio activo y seniores (de 45 a 60 años) quienes formaban el ejército de reserva.
La legión fue la unidad táctica militar y dentro de ella se distinguían: la infantería pesada, la infantería ligera y la caballería. La legión se dividía en centurias. Estuvo compuesta de 4200 soldados de infantería (al añadir a los 3000 de la época anterior 1200 soldados armados con palos y hondas, los velites) y 300 de caballería. Servio Tulio agregó además 2 centurias de obreros (fabri) con la misión de transportar las máquinas de guerra y 3 centurias de corneteros y trompeteros (cornicines, tubicines).

3.2. El ejército durante la República
 Introducción del manípulo
La legión continuó estando formada por 4200 soldados de infantería, distribuidos en 60 centurias (de 60 o 30 hombres cada una, a los que se añadían los velites) que agrupadas de dos en dos formaban el manípulo, que pasó a ser la unidad táctica (hacia el siglo IV a.C.).
Los manípulos se colocaban en tres líneas. En la primera estaban los más jóvenes, los hastati; la segunda estaba compuesta por principes, soldados de más experiencia; en la tercera estaban los triarii, soldados de más edad.

1ª LÍNEA
HASTATI
10 manípulos x 120
1200 soldados
2ª LÍNEA
PRINCIPES
10 manípulos x 120
1200 soldados
3ª LÍNEA
TRIARII
10 manípulos x 60
600 soldados
VELITES
20 soldados x centuria
1200 soldados

Las dos primeras líneas iban armadas con el pilum o lanza arrojadiza; los triarii con el hasta, lanza grande no arrojadiza. Asimismo las tres líneas iban armadas con el gladius, espada corta con doble filo y punta, y como armas defensivas llevaban el escudo y el casco. Los velites iban armados con palos y hondas.

Además formaban parte de cada legión las siguientes tropas:
a) Un cuerpo de caballería legionaria, dividido en 10 escuadrones (turmae) de 3 decurias cada uno, totalizando 300 jinetes o equites.
b) Los socii, tropas proporcionadas por los pueblos itálicos aliados o sometidos. Su infantería en número igual al de la infantería legionaria no forma parte de la legión y se encuadra en alae y se agrupa en cohortes.
c) Los auxilia, son tropas no itálicas que apoyan a la legión y suplen el defecto de ésta en armas especiales, de las más conocidas son la caballería númida, los honderos baleares y los arqueros cretenses. Mantienen la estructura propia del país de origen y se agrupan en cohortes. Son, en su mayoría, tropas de carácter mercenario, bien por alistamiento individual o por medio de un príncipe o jefe de los lugares de origen.

 La reforma de Mario
Mario, general romano (133 a.C.) , introdujo las siguientes reformas en el ejército:
a) Sustitución del manípulo, como unidad táctica fundamental, por la cohorte (cohors), formada por tres manípulos: uno de hastati, otro de principes y un tercero de triarii, dispuestos uno al lado del otro. La triple línea (triplex acies), compuesta antes por manípulos, desde Mario estuvo constituida por cohortes, formando un frente de 3 líneas: 4 cohortes en la primera, 3 en la segunda y 3 en la tercera. Para entrar en combate, las cohortes se colocaban separadas entre sí, de manera que, si las cohortes de la primera fila flaqueaban, podían retirarse a retaguardia por los huecos que dejaban los de la segunda y tercera línea.
b) Modificación del sistema de reclutamiento: sustituyó el antiguo alistamiento de ciudadanos por el reclutamiento voluntario. De esta manera pudo reclutar a toda clase de personas, incluidos los proletarios (los más pobres), y formó un ejército profesional y mercenario (cobraban un sueldo) frente a los soldados-ciudadanos de antes.
c) Desaparición de los socii como fuerzas distintas para pasar a integrarse en las legiones.
d) Desaparición de los velites y de la caballería legionaria, que son sustituidos por auxilia.
e) Adopción de enseñas y numeración para las legiones, que les dan una identidad y una continuidad. Instituyó la insignia legionaria: un águila de plata.
f) Reforma en el armamento y equipo del soldado. Generalizó el pilum, scutum y galea.
Como consecuencia de la reforma de Mario el ejército llegará a convertirse en una gran fuerza a disposición de generales ambiciosos.

La estructura de la legión quedó constituida así:
CENTURIA
100 soldados
MANIPULO
200 soldados
2 centurias
COHORTE
600 soldados
3 manípulos
LEGIÓN
6000 soldados
10 cohortes

 Las guerras civiles
En este período aparte de las legiones propiamente dichas y de la caballería y los auxilia se conocen otras fuerzas especiales:
a) Los antesignani: iban delante de las enseñas. Era un cuerpo especial de infantería ligera, aunque con un armamento más completo que el de los velites.
b) Las cohortes praetoriae: eran fuerzas especiales al mando directo de algunos jefes.
c) Los speculatores: eran exploradores encuadrados en cohortes, de forma parecida a los auxilia.

4. Hablemos de las fronteras
El noreste: Los indómitos Bárbaros
El noroeste (Gallia, Germania, Bretania, Hispania) siempre había sido el hogar de terribles tribus sobre los cuales circulaban cuentos horribles. Sus primeros contactos con los Romanos fueron durante invasiones en el siglo IV a.C, cuando pillaron Roma en 390 a.C.
Desde entonces, los Romanos siempre tenían este imagen abominable antes sus ojos cuando pensaron a estos tremendos Galos. Y no se puede decir que no tuvieran ninguna razón : en sus ritos religiosos, los Galos todavía practicaban el sacrificio de hombres , lo que Cicerón correctamente llamó « asqueroso y bárbaro » ; en tiempo de guerra, los guerreros Galos coleccionaban las cabezas cortadas de sus enemigos ; ¡los escritores clásicos aun los sospechaban de canibalismo! Naturalmente, el imagen que nos presentan las historias de los escritores Romanos de estos ‘bárbaros’ es muy predispuesto y no tenemos fuente de informes de la parte de los Galos, que no escribian, pero sin embargo había un nucleo de verdad en lo que pensaban los Romanos sobre los Galos, y tenían razón de temerlos. El estereotipo del bárbaro indomito y semi-desnudo, tremendo pero, naturalmente, inferior al civil Romano ya existia antes del aparicion de los Romanos en el teatro mediterraneo; fueron los Griegos que al principio llamaron pueblos extranjeros ‘bárbaros’ (por la pronunciacion de sus idiomas, que los Griegos percibian como ‘bar-bar-bar’) y que empezaban con el imagen arquetipo del salvaje rudo que se quedaría siempre con los Galos, los Germanos etc.
La batalla que vamos a examinar, ya mencionado aquí arriba, es la batalla de Arausio en 105 AC, la batalla en la que los Romanos sufrieron la derrota mas grande de su historia.

Los movimientos de los Cimbres y Teutones, sus victorias (verde) y sus derrotas (rojo)

Las migraciones de los tribus Germanas, los Cimbres y los Teutones, presentaron una inseguridad para el equilibrio de poder en el Gallia. Después de unos conflictos fronterizos, los Romanos mobilizaron sus tropas. En 105, los bárbaros atacaron de nuevo.
El proconsul Quinto Servilio Caepio y el cónsul Gnaeo Mallio Máximo dirigieron las tropas Romanas, unos 80000 milicianos y hasta 40000 tropas auxiliares. Aunque la ambición personal de los generales Romanos siempre hubiera sido una fuerza muy importante y una causa grande del desarrollo rápido del imperio (en la clase de los patricios, ninguno quería ser 'peor' o 'menos' que otro; existía una rivalidad enorme en la política Romana, que era por una parte concentrado en el conseguir de gloria personal, y por otra en la aumentacion de la gloria del SPQR), pero en Arausio, en 105 AC, la arrogancia y la ambición fueron las causas principales de la derrota Romana.

Caepio, que no respectaba la autoridad de su superior, Máximo, construyó al principio su campamento al otro lado del río, y después al mismo lado que el cónsul, pero mas cerca del enemigo. Cuando este empezó a intentar de negociar con Máximo, Caepio, que era un patricio y que no quería que Máximo - un vir novus - recibiría todo el honor de una solución exitosa, lanzó un ataque unilateral contra el campamento de los Germanos. Pero las tropas de Caepio fueron aniquiladas, y después los Germanos, excitados por su éxito, destrozaron el ejercito del cónsul Máximo también. Según Tito Livio, 80000 milicianos (auxiliares no inclusos) fallecieron este dia.
El SPQR era acostumbrado a derrotas militares, pero Arausio coronó una verdadera serie de desastres. El enemigo bárbaro era al otro lado de las montañas, y existía una grave carencia de tropas. Afortunadamente, los Germanos no atacaron otra vez, sino se batieron con los Arverni, en Gallia. Gaio Mario reformó la manera de reclutar para el ejercito (en breve, reclutó sobre todo a proletarios) y así aumentó enormemente el numero de militares disponibles, que además, la primera vez en la historia Romana, eran soldados profesionales. Antes, el SPQR, respondiendo a derrotas, ya sabia producir ejércitos siempre más grandes (por ejemplo en la segunda guerra Púnica), pero desde Mario, su potencial militar seria aun mas impresionante. Mario atacó los Cimbres con su nuevo ejercito profesional de proletarios y triunfó.

Una de las primeras causas de la hegemonía del imperio Romano era entonces, simplemente, de un parte su reserva demográfica, que le permitía el reclutamiento extenso, y de otra parte su voluntad de sacrificar tantas tropas que se necesitaban para obtener la victoria. Además, la flexibilidad relativa del sistema militar (y sino, de los generales) permitía cambios en el armamento, la división o el reclutamiento (como hizo Mario) de las tropas.
Otra ventaja inherente al ejercito Romano cuando luchaba contra 'bárbaros indómitos' era la disciplina: desde siempre, el "impulso fundamental cultural de la competición en la hazaña agresiva originado en la tradición heroica del combate individual" había tenido un papel importante en la manera de luchar de los Romanos. El tema del duelo heroico se repitió mucho en la 'historio-mitologia' Romana (por ejemplo el relato del duelo entre los Horati y los Curati en la guerra entre Roma y Alba Longa) y era el exponente ultimo del coraje militar, el virtus, una calidad humana y un valor indispensable del republico Romano. Virtus no solo era el ideal mas elevado (Plauto), sino también y sobre todo un valor personal y competitivo.

"El juramento de los Horati" de David (1784)

Pero como la competición personal no era muy practica en un ejercito que en parte dependía de la cohesión entre los milicianos individuales, este otro valor militar Romano tenia que ser respectado: la disciplina, que no simplemente significaba la obediencia a un sistema de reglas, pero que sobre todo era un freno al comportamiento excesivo agresivo.
Así nació la tensión entre virtus y disciplina que nunca dejaría de ser muy prominente.Naturalmente disciplina y obediencia nunca eran absolutas, y a menudo generales tuvieron que suplicar sus tropas de obedecer sus ordenes. Según LENDON, el acento sobre la famosa disciplina Romana ha sido exagerada por historiadores como Machiaveli y también escritores contemporáneos como Vegetio. Sin embargo, la disciplina Romana era mucho mas cultivada que la disciplina de la mayoría de sus adversarios y por eso el ejercito del SPQR vencía la mayoría de sus enemigos a los que no faltaba virtus, sino disciplina.

5. Los pueblos bárbaros
5.1. Su radiografía
Los bárbaros más importantes fueron los germanos, que procedían del Norte de Europa y formaban tres grandes grupos: el septentrional (escandinavos y normandos); el oriental (godos, burgundios y vándalos) y el occidental (francos, alamanes, bávaros, lombardos, anglos y sajones).
Su expansión (hacia el siglo -V) fue detenida por la de los galos, pueblo celta, pero a partir del siglo -III ocuparon el vacío dejado por éstos.
La construcción de los romanos del limes (frontera) en el Rin y el Danubio detuvo su expansión hacia el Oeste y el Sur, pero en el siglo III entraron en masa con el único objetivo de saquear el Imperio. Tras la reorganización de éste por Diocleciano (hacia el año 300) se acentuó la romanización de los bárbaros y algunos de ellos llegaron a ocupar altos cargos en la administración del Imperio.
La presión de los hunos (374 - 375) empujó al Oeste a godos, alanos, esciros, hérulos, taifales y rugios, quienes rebasaron las fronteras del Imperio, en el que aceptaron ser "federados".
Nuevas invasiones hirieron de muerte al Imperio de Occidente (vándalos, suevos y alanos se repartieron Hispania, 409), de donde fueron desalojados por los visigodos: Alarico saqueó Roma, 410. Odoacro depuso a Rómulo Augústulo (476) y puso fin al Imperio Romano de Occidente, en cuyo lugar se constituyeron los estados que sentaron la base de las futuras naciones europeas.

5.2. Distribución de los bárbaros en las fronteras del Imperio.
Había bárbaros en todas las fronteras del Imperio romano. Podemos distinguir tres grandes frentes:
a) En el S y SE, pueblos africanos y árabes, que vivían en arcaicos estadios culturales, con poca densidad de población, fragmentados en débiles tribus enfrascadas en querellas intestinas. No representaron una amenaza para el mundo europeo hasta el s. VII, unificados por el islamismo.
b) En el E, el Imperio persa. Bajo los Sasánidas, Persia constituyó una entidad cultural independiente, enfrentada a Roma, pero sin apetencias de invasión. Encerrada en sus fronteras, Persia se bastaba a sí misma y tenía suficiente fuerza para rechazar de sus límites asiáticos a los pueblos nómadas de las estepas siberianas. En gran parte, la resistencia persa empuja a los pueblos amarillos hacia el N del Caspio para que, atravesando los Urales, impulsen a su vez a los pueblos del Oriente europeo hacia las fronteras del Imperio romano en el Rhin y en el Danubio.
c) En el N y NE, los pueblos germanos (v. GERMANIA I), que sirven de parachoques de Roma frente a los eslavos situados al E de Europa. En el caso de los germanos se da una mezcla de las dos situaciones anteriores. No hay ni una cultura superior ni una organización política, como en el caso de Persia, pero tampoco se encuentran, tan atrasados como los pueblos del sur del Mediterráneo. El número de los germanos es considerable y su organización suficiente. Por otra parte, la extensión de las fronteras con el Imperio es enorme y sólo los separan del mundo romano las estrechas cintas de agua de dos ríos. Los contactos son muy frecuentes, como ya hemos señalado. Cuando en el s. iv coinciden dos hechos, la debilidad creciente del Imperio y el desplazamiento incontenible hacia Occidente de los pueblos eslavos y particularmente de los hunos, los germanos atraviesan el Imperio por todas las fronteras.

Los germanos formaban un mundo relativamente unido del que los romanos tuvieron conciencia desde la época de César. Pero una serie de pueblos diversos, incluso desde el punto de vista antropológico, formaban parte del mundo germánico. Ya los historiadores antiguos vieron en ellos distintos grupos y razas; Plinio y Tácito ensayan varias clasificaciones. Los historiadores modernos tampoco mantienen un criterio único sobre los pueblos germánicos. En general, se habla de «germanos de las estepas», «germanos de los bosques» y «germanos del mar». Las formas culturales de estos tres grupos son diferentes entre sí y diferentes a su vez de las de Roma, pero existen una serie de caracteres comunes, fáciles de concretar; cuando se introducen en el Imperio se mezclan una y otra vez. El grupo germano más importante es el de los godos, divididos a su vez en visigodos (v.) y ostrogodos (v.), división que encontraremos también en los vándalos (v.) (asdingos y silingos), suevos (v.) (cuands y marcomanos como ramas principales), francos (v.) (salios y ripuarios entre otros) y en general en todos los pueblos germánicos; ello da idea de su fragmentación. Además de los citados, penetran en el Imperio otros muchos pueblos germánicos: burgundios, alamanes (v.), lávaros, lombardos, sajones (v.), frisones, anglos, daneses, en sucesivas oleadas, incluso hasta el s. VII.

5.3. Vida y costumbres
Es tradicional la idea que nos legara César de una Germania cubierta de bosques y lagunas y un sistema de propiedad comunal. Sin embargo, ya Tácito en el s. I de nuestra Era nos habla, aun señalando la existencia de asociaciones comunales, de propiedad privada e incluso de grandes explotaciones con siervos trabajando la tierra. Este concepto de propiedad privada es, no debemos olvidarlo, el elemento fundamental de la estructura jurídica de Roma. Por otra parte, el nomadismo bárbaro se presenta ya en tiempos del Imperio extraordinariamente atenuado. Y los germanos aparecen viviendo en villas formadas por casas de madera y conocedores de una rudimentaria artesanía y un comercio incipiente. Las agrupaciones políticas de los germanos tienen en general carácter monárquico, pero en todo caso el poder supremo corresponde a una Asamblea general de hombres libres armados, que se reúne los plenilunios y que elige a los reyes o al consejo que ha de gobernar la comunidad.

El ejército estaba formado por todo el pueblo en armas. Cuando había que realizar largas marchas, las familias de los soldados iban en retaguardia en carros que transportaban los enseres domésticos. Los jefes militares eran elegidos y el ejército estaba fundamentalmente formado por infantería, aunque también había soldados a caballo. Como armas defensivas usaban el casco y el escudo y como armas ofensivas la lanza y, no siempre, la espada. Los germanos creían en la existencia del alma y rendían culto a las fuerzas de la Naturaleza y a los antepasados. En cuanto a los dioses de su mitología pueden parangonarse a los grecorromanos; tenían, no obstante, dioses protectores de la tribu y toda una teoría de seres intermedios entre los hombres y los dioses.Dos elementos culturales originales tendrán marcada repercusión en el futuro: la sippe, palabra que designa el fuerte vínculo familiar formado por los parientes de una persona que se sentían unidos hasta llegar a la venganza de sangre; y la fidelidad, juramento especial que unía hasta la muerte a los soldados y siervos con su señor. Estos dos elementos, particularmente el segundo, tuvo gran importancia en la sociedad de la Alta Edad Media y se integró dentro de la estructura feudal.
Cuando los b. empiezan a penetrar en el Imperio, Roma establece dos formas de asentamiento; los letes, verdaderas colonias de guerreros que, a cambio de defender las fronteras, recibían tierras de cultivo; conservaban sus costumbres y su derecho nacional y estaban bajo la autoridad de un prefecto nombrado por el Emperador. Los primeros pueblos que penetraron en el Imperio aceptaron esta modalidad. La segunda forma de asentamiento es la federación. El rey b. firma un pacto, f oedus, con el Emperador por el cual recibe una cantidad anual y, al frente de sus guerreros, que no reconocen más autoridad que la suya, entra a formar parte del ejército del Emperador ante quien es únicamente responsable. Estos ejércitos aliados se mueven en todas direcciones por el Imperio, con sus familias; en el 398 los dos Emperadores que acababan de recibir de manos del español Teodosio un Imperio dividido (Arcadio y Honorio), promulgaron una ley por la cual los ciudadanos debían ceder una tercera parte de su casa y tierras para los federados que se establecieran en la comarca. El edicto se cumplió en muchos lugares, pero bastantes federados exigieron dos terceras partes.

6. Con el roce, el cariño
6.1. “Romanización” o “ barbarización”
Para un romano, no significaba más que «extranjero». Sin embargo, los historiadores, desde época muy temprana, acuñarán un nuevo concepto basado en una idea equivocada: la de que unos pueblos semisalvajes, súbitamente, en vertiginosa cabalgada desde lejanos países cayeron a finales del siglo IV destruyendo a sangre y fuego el Imperio Romano. La idea catastrófica de las invasiones bárbaras, no es sostenida hoy por ningún historiador. Los pueblos exteriores al Imperio romano traspasaron las fronteras en una ósmosis continua, a veces acelerada en fulgurantes invasiones frenadas por el ejército de Roma, pero en general pacífica y de acuerdo con los Emperadores, hasta que en la segunda mitad del siglio IV, el lento transvase de población, se convirtió en una verdadera oleada invasora. Pero no hubo ningún choque cultural terrible; una parte verdaderamente importante de los bárbaros, estaba completamente latinizada y, además, existía una cierta «barbarización» del mundo romano, que se fue acentuando durante los 100 años siguientes, hasta que el Imperio desapareció para dar paso a los diferentes reinos germanos.
Hoy sabemos que, en realidad, las invasiones bárbaras fueron el último episodio de la Edad Antigua y que durante dos o tres siglos la cultura latina y el espíritu germánico se fundieron, al calor de la religión cristiana, hasta producir una nueva civilización directamente entroncada con la de Grecia y Roma.

Durante toda la historia de Roma, la presencia de los pueblos bárbaros fue permanente. Unas veces penetraron en el Imperio, como los cimbrios y los teutones (en el s. II a.C.), no en son de guerra, para ser destruidos por el potente ejército romano; pero, las más de las veces, arrojados de sus tierras por las conquistas romanas, penetraron en calidad de esclavos. Así, la población bárbara en el interior del Imperio siempre fue permanente. Educados en la cultura de Roma, los bárbaros del interior, iban preparando las condiciones a futuras llegadas.
Con la llegada del Imperio, tras la desaparición de la República romana, los bárbaros fueron adquiriendo una jerarquía cultural dentro de todas las capas sociales; liberados muchos de ellos de la esclavitud, se convirtieron en campesinos y artesanos y, después, fueron formando poco a poco parte de los cuadros del ejército. Olvidados los romanos de cuanto debían a su potencial militar, el ejército fue poco a poco convirtiéndose en mercenario. En el siglo IV tribus enteras de fueron contratadas para guarnecer las fronteras del Rhin y del Danubio. No fueron ya contratos a nivel personal, ahora se establecía un pacto (foedus) con un caudillo bárbaro; se le abonaban anualmente las soldadas de todos los guerreros o se le concedían unas tierras para cultivar; a cambio de ello los bárbaros defendían al Imperio de invasiones exteriores. Poco a poco los jefes, de estos pueblos, fueron adquiriendo nombramientos militares. Sólo un paso separaba al ejército romano de estar formado por sus propios enemigos. Y este paso fue dado a lo largo del siglo V, casi insensiblemente. Cuando esto ocurrió, los habitantes del Imperio, acostumbrados a las tropas bárbaras, que vivían dentro de las fronteras con sus familias, no se dieron prácticamente cuenta de la nueva situación que se presentaba, de lo que ocurría. Los bárbaros posiblemente tampoco. La ficción de la autoridad imperial se mantuvo durante muchos años. Dividido el Imperio por Teodosio en Occidental y Oriental, cuando el jefecillo hérulo Odoacro depuso en el 476 al último Emperador, Rómulo Augústulo, envió la corona y el cetro imperial al Emperador de Oriente, Zenón. Los bárbaros no quisieron conscientemente destruir el Imperio, sino formar parte de él.
La cultura de los germanos y la de los latinos proceden, además, de un tronco común: el tronco indoeuropeo. Efectivamente, las modernas investigaciones lingüísticas nos hablan de unos pueblos, los indoeuropeos, con un hogar cultural en Europa, desde las Islas Británicas al Asia central, que hablaron idiomas hermanos, indicativo de una cultura también gemela. Es éste un descubrimiento de la gramática comparada. Se distinguen asimismo dos grandes grupos: el oriental (indoiranio, armenio y baltoeslavo) y el occidental (¡talocéltico, germánico y griego). De este grupo occidental, por tanto, se distinguen históricamente dos formas culturales similares: la latinohelénica y la germánica, es decir, la cultura grecoromana y la de los pueblos germanos que implica también la céltica. La primera evoluciona rápidamente, la segunda queda más atrasada hasta que, tras el torbellino de las invasiones, se funden de nuevo. No debe extrañarnos, por tanto, esta fusión de latinos y germanos, puesto que es común una serie de elementos culturales básicos: la familia patriarcal, el carácter campesino, las concepciones morales, la religión, la mitología y una serie de premisas jurídicas. Incluso los esquemas sociales elementales (sacerdotes, guerreros y productores) nos hablan, no de una diferencia fundamental de concepto, sino más bien de distintas etapas de evolución.En realidad sólo un caudillo bárbaro concibió un Imperio diferente del de Roma: Atila, rey de los hunos, logró un efímero reino de las estepas desde el Ural al Rhin. Pero, aun así, su capital de casas de troncos procuraba ser un calco de una ciudad romana; Atila construyó termas, tenía en su corte bufones y poetas, celebraba fiestas a la manera de Roma e intentó una rudimentaria organización administrativa. Los hunos eran un pueblo de rudimentaria cultura, permanente a caballo, con el rostro cicatrizado y sin barba, de piernas cortas y baja estatura, cubiertos de pieles de ratas; infundían pavor a los romanos. Bajo el caudillaje de Atila, los hunos crearon un Imperio con centro en la llanura panonia y, tras empujar a los germanos ante ellos, invadieron el Imperio romano de Occidente. En el 451 fueron derrotados frente a los muros de Orleáns por un ejército de romanos y visigodos, pero Atila volvió en el 452 y llegó a Roma, para retirarse a instancias del papa León I. A su muerte en el 453 el Imperio huno se disolvió.

6.2. Asentamiento en el Imperio
Los pueblos germanos, bajo la presión de los eslavos y especialmente de los hunos, comienzan a penetrar en el Imperio en calidad de federados. En el 376, los visigodos cruzan el Danubio y dos años más tarde vencen al emperador Valente en la batalla de Adrianópolis. El sucesor de Valente, Teodosio (v.), establece como federados en la llanura panonia a los ostrogodos en el 380, y en el 382 a los visigodos. Pero los visigodos aspiran a establecerse en Italia. Aprovechando una primera irrupción de vándalos y alanos, pasan los Alpes en el 401, ponen sitio a Milán y en el 402 se enfrentan al general Estilicón (v.) en Pollenza; alejados de Italia, vuelven de nuevo en el 403 y son derrotados en Verona. Pero el ejemplo de los visigodos es seguido por los ostrogodos que entran en la Península en el 405 al mando de Radagaiso, para ser derrotados estrepitosamente al año siguiente en la Toscana; Estilicón condenó a muerte a Radagaiso.

Sin embargo, el Imperio no podía resistir mucho más. El 31 dic. 406, atraviesan el helado Rin hordas de vándalos, alanos y suevos. Los francos, establecidos también por un foedus en esta frontera, son derrotados, y el nuevo emperador Constantino firma otro foedus, esta vez con los burgundios, y los invasores, perseguidos, penetran en. la península Ibérica en el 409. Hasta el 411 vagan por el país sembrando el terror. Suevos y vándalos asdingos se establecen en Galicia, silingos y alanos en el Sur; sólo la Tarraconense queda libre de b. a cambio de un fuerte tributo. En el 429, bajo el empuje de los visigodos, vándalos y alanos pasan al África. En el 439, el vándalo Genserico forma un reino en Cartago y unos años después, en el 455, saquea Roma. En España quedan los suevos con los visigodos que habían llegado a la Península para combatir a los otros b. En efecto, en el 408, de nuevo los visigodos, al mando como anteriormente de Alarico (v.), invaden Italia. Esta vez nadie podrá detenerlos. Obrará Alarico a su antojo y dispondrá del Senado y del Emperador que huirá a Rávena. Sitiará Roma tres veces, siempre en demanda de dinero y, en el 410, entrará a saco en la ciudad retirándose con cuantioso botín y numerosos prisioneros, entre ellos Gala Placidia, la hermana del Emperador. Muerto en Italia el mismo año, le sucederá su cuñado Ataúlfo, que en el 412 penetrará en la Galia y en Hispania. Dos años después, Ataúlfo se casará con Gala Placidia, pero muerto en el 415, se sucederán los asesinatos a causa de la corona visigoda. Triunfador Valia, se establece en un territorio cedido por el Emperador a caballo de los Pirineos con capital en Tolosa. A partir de este momento, los visigodos irán penetrando en la península Ibérica, empujados por los francos. Los visigodos se irán haciendo cada vez más independientes del poder nominal de Roma. Desde el 418 al 484 consolidarán el reino de Tolosa, pero a partir de esta fecha irán cediendo territorios del N de los Pirineos a los francos, hasta que éstos los derrotan en el 507 en la batalla de Vouillé, mandados por el gran rey Clodoveo (v.), que acababa de abrazar el catolicismo.El hecho más importante de estos años de intervención europea de los visigodos es su participación, al lado del romano Aecio, en la lucha contra Atila, el rey de los hunos. Dirigidos por el rey Teodoredo y su hijo Turismundo, los visigodos contribuirían decisivamente en la victoria sobre el asiático en el 451 (batalla de los Campos Cataláunicos, frente a Orleáns), pero Teodoredo murió en el combate, siendo sustituido por su hijo, que reinó hasta el 453.

A partir del 455, el Imperio estaba acabado. Los burgundios se habían apoderado de todo el valle del Ródano. Britania (v.) había pasado a poder de sajones, anglos y jutos. Los vándalos atacaban Italia por el S, en el a. 468 el rey vándalo Genserico se apoderaba de Cerdeña, Córcega, Baleares y Sicilia, tras derrotar a las escuadras de Roma y Bizancio, que se aliaron ante el poder vándalo en el Mediterráneo. Un suevo, Ricimero, quitaba y ponía emperadores a su antojo; a su muerte, tras disputas entre rivales al trono, el general Orestes sentó en 61 a su hijo Rómulo Augústulo. Era el 475. Al año siguiente, el jefe hérulo Odoacro le asesinó. Y nadie recogió la diadema imperial que el bárbaro envió a Constantinopla. Pocos años después los ostrogodos, al mando de Teodorico el Grande, fundan en Italia un nuevo reino bárbaro. Dividida así Europa entre los germanos, el Imperio Occidental se convierte sólo en un recuerdo permanente que, a lo largo de toda la Edad Media, mantendrá viva la idea, siempre permanente en los pueblos europeos, de una unidad hasta el momento no conseguida.

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