domingo, 3 de febrero de 2008

La última guerra Helénica

Una mirada al pasado

La civilización helénica de la Grecia antigua se extendió por la Península Balcánica, las islas del mar Egeo y las costas de la península de Anatolia, en la actual Turquía, constituyendo la llamada Hélade. La civilización helénica o griega tiene su origen en las culturas cretense y micénica.
Hacia el año 1200 a.C., otro pueblo de origen griego, los dorios, que utilizaban armas de hierro, se apoderaron de Grecia derrotando a los micenios. La guerra de Troya, descrita por Homero en la Iliada, fue, probablemente, uno de los conflictos bélicos que tuvieron relación con esta invasión. Esparta y Corinto se transformaron en las principales ciudades dóricas. Con los dorios empezó un período de retroceso cultural que se conoce con el nombre de Edad oscura.
Los siglos V y IV a.C. corresponden al apogeo de las grandes ciudades estado independientes, entre las que destacan las polis de Atenas y Esparta.
Cada uno de estos grandes estados absorbió a sus débiles vecinos en una liga o confederación dirigida bajo su control. Esparta, estado militarizado y aristocrático, estableció su poder a base de conquistas y gobernó sus estados súbditos con un control muy estricto. La unificación del Ática, por el contrario, se realizó de forma pacífica y de mutuo acuerdo bajo la dirección de Atenas.
Las diferencias entre Atenas y Esparta desembocaron en la destructora guerra del Peloponeso, en la que participaron casi todos los griegos unidos a uno u otro bando.

El siglo prealejandrino
Las ciudades griegas sometidas antes a Atenas vieron que la tiranía impuesta ahora por Esparta resultaba más dura. Por ello, en 403 a.C. estalló un alzamiento general, que derrocó el régimen de los Treinta Tiranos y restableció la democracia en Atenas. El movimiento antiespartano era capitaneado por Tebas que contaba con el apoyo de Atenas, Argos y Corinto (Guerra de Corinto, 394 a.C. a 387 a.C.). Pese a que los aliados fueron derrotados en la batalla terrestre de Coronea (394 a.C.), la decisión estratégica de la lucha se solventó en el mar, donde aquéllos destruyeron la flota espartana en Cnido (394 a.C.). Esparta, que veía peligrar su hegemonía, pidió ayuda a los persas, y la intervención de éstos obligó a los aliados a aceptar la Paz de Antálcidas (386 a.C.). A consecuencia de esta paz, Persia se anexó las colonias griegas de Asia Menor y cerró a Atenas toda posibilidad de rehacer su antiguo Imperio marítimo, mientras que reconocía a Esparta su papel de rectora de la Liga del Peloponeso. De hecho, este tratado impuesto atestiguaba la debilidad política del mundo griego, que se sometía a las directrices persas. .Más tarde Esparta pretendió imponer gobiernos oligárquicos en diversos estados, lo que provocó un nuevo levantamiento de Tebas, que esta vez fue coronado con el éxito. Persia, a causa de sus problemas interiores, no pudo acudir en auxilio de los espartanos, los cuales fueron derrotados en Leuctra y, definitivamente, en Mantinea (362 a.C.)

Dominación macedónica y helenismo
El reino de Macedonia, situado al norte de Grecia, había permanecido durante siglos aislado políticamente de los restantes estados griegos, aunque muy influido culturalmente por éstos. A mediados del siglo IV a.C. el agotamiento y división de los griegos proporcionó a Macedonia la oportunidad para intervenir e imponer su hegemonía sobre la Hélade. Ello fue obra de Filipo II (hacia 382 a.C. a 336 a.C.), quien, tras derrotar a los griegos en la batalla de Queronea (338 a.C.), les forzó a agruparse bajo su caudillaje en la Liga Corintia.

Filipo V de Macedonia, "el cielo de Hellas", llevando la diadema real


El hijo y sucesor de Filipo II, Alejandro, antes de partir para la conquista de Persia, tuvo que reprimir una sublevación de Tebas y Atenas y dejar al mando de Antípatro un ejército lo bastante fuerte para sofocar los alzamientos que pudieran producirse en su ausencia. Después de la muerte de Alejandro, Atenas intentó recuperar la independencia; al movimiento de liberación se adhirieron numerosas ciudades de la Grecia central, del Peloponeso y de Tesalia, pero fueron derrotadas por Antípatro en Cranón (322 a.C.). Los territorios del Imperio de Alejandro se fragmentaron en varios estados, entre ellos el de Macedonia, que siguió manteniendo su hegemonía sobre Grecia. Los griegos no cesaron en sus intentos de sacudirse del yugo macedónico; a este fin se organizaron las Ligas Etolias y Aquea, que libraron a Atenas de la tutela macedónica. No obstante, las dos Ligas se debilitaron progresivamente a causa de sus guerras y luchas sociales interiores.

Dominación romana
Desde mediados del siglo II a.C. Grecia se convirtió, de hecho, en un protectorado romano, y la mayoría de las ciudades griegas pagaron tributo a Roma. En 88 a.C., con el apoyo de Mitrídates, rey del Ponto, los griegos se sublevaron contra Roma, pero el levantamiento fracasó. Durante la época de las guerras civiles Grecia fue escenario de las luchas entre las distintas facciones romanas que querían hacerse con el poder. En la época Imperial se mantuvo la influencia cultural griega, pero los núcleos de expansión económica de Oriente se polarizaron en las provincias romanas de Asia. Éste período de relativa prosperidad fue interrumpido en el siglo III por las invasiones de los bárbaros. Paralelamente, la sociedad griega evolucionó hacia formas sociales y económicas de tipo feudal.

Los personajes
Perseo de Macedonia (c. 212 – 165 a.C.)
Último rey de la antigua Macedonia, y también el último monarca de la dinastía Antigónida, una de las sucesoras de Alejandro Magno (179 – 168 a.C.). Comenzó su reinado en el año 179 a.C., a la muerte de su padre Filipo V de Macedonia.
Perseo pretendió desde un principio reavivar el enfrentamiento con Roma, acabar con su poder y dominio sobre Macedonia y que el reino volviera a ser independiente y soberano también de toda Grecia. Para conseguir sus objetivos organizó un complot contra Eumenes II de Pérgamo, que era un fiel aliado de los romanos. Pero sus planes fueron descubiertos y Roma declaró la guerra a Perseo, derrotando las legiones romanas a la falange macedonia en la decisiva batalla de Pidna (167 a.C.). La victoria romana supuso la ocupación y la posterior división de Macedonia en cuatro regiones (con la prohibición tener relaciones entre sí), que dependían directamente de Roma. Un tiempo después, fue constituida la provincia romana, y para facilitar las relaciones con esta nueva provincia se construyó en el 148 adC una nueva vía, llamada Egnatia, que empezaba en Dirraquio, pasaba después por las ciudades de Pella y Tesalónica hasta llegar al límite oriental.
Tras su derrota, Perseo se retiró al santuario de los Cabiros en Samotracia; finalmente se entregó a Roma. En el año 178 a.C. se había casado con la hija de Seleuco IV de Siria, llamada Laodicea.
Andrisco (apodado Pseudo-Filipo), haciéndose pasar por Filipo, un hijo de Perseo, se alzó en Macedonia con el propósito de recobrar la independencia. Q.Cecilio Metelo lo derrotó en el 148 a.C.

Lucio Emilio Paulo
(†216 a.C.) fue un cónsul de la antigua república romana.
Elegido cónsul por primera vez en el 219 a.C. junto a Marco Livio Salinator, derrotó a Demetrio de Faro en la Segunda Guerra Ilírica, forzándole a huir a la corte de Filipo V de Macedonia. A su regreso a Roma, un Arco del Triunfo fue construido en su honor.
Nombrado cónsul de nuevo durante la Segunda Guerra Púnica, comandó el mayor ejército romano reunido hasta la fecha junto a Cayo Terencio Varrón, con quien se turnaba diariamente el mando de las tropas. El mando correspondió a Varrón durante la batalla de Cannas, que resultó en una total derrota y su muerte.
Fue padre de Lucio Emilio Paulo Macedónico, y su hija Emilia Tercia casó con Escipión el Africano. Hizo investigaciones en el campo de la medicina y de la tecnología militar, donde colaboró en el desarrollo del trabuco o trebuchet.

Batalla de Pidna
Fecha: 22 de junio de 168 adC
Lugar: Pidna - Noreste de Grecia - Golfo de Tesalónica
Resultado: Victoria romana
Conflicto: Batallas de la Tercera Guerra Macedónica
Beligerantes: República de Roma y Macedonia
Comandantes: Lucio Emilio Paulo y Perseo
Fuerzas en combate: 38.000 lado romano y 44.000 lado macedonio.

La batalla de Pidna puso fin a la Tercera Guerra Macedónica entre Roma y Macedonia. El ejército romano estuvo bajo el mando del cónsul Lucio Emilio Paulo y el de Macedonia dirigido por su rey Perseo. Tuvo lugar el 22 de junio de 168 a.C. en el noreste de Grecia cerca de la localidad de Pidna en el golfo de Tesalónica. Esta batalla puso de manifiesto la supremacía de la legión romana sobre la rígida falange macedónica.
Ubicación de Pidna

En los años 187 y 186 a. C. el rey Filipo V de Macedonia conquistó las ciudades costera tracias de Enos y Maronia lo que inquietó al rey Eumenes de Pérgamo quién solicitó el envío en el 185 a.C. de una comisión romana para que investigara la situación.
Los romanos decidieron que Filipo debía retirarse de ambas ciudades y también de Tesalia. Filipo, como no se encontraba listo para enfrentar una guerra contra Roma, envió a su hijo Demetrio para que negociara este asunto y así tener tiempo para prepararse. Demetrio regresó con una respuesta favorable de Roma, lo que causó gran alegría en el pueblo pero que provocó los celos de su hermano Perseo, que temió ser excluido de la sucesión, por lo que inventó una intriga debido a la cual Filipo ordenó la muerte de su hijo Demetrio mediante un veneno. Esto sucedió en el 181 a.C., Posteriormente Filipo se enteró que había sido engañado por su otro hijo, sintió gran remordimiento por lo acontecido. Fue abandonado por su pueblo y murió dos años después, siendo enterrado sin honores y en una tumba vulgar.
En 179 a.C. Perseo subió al trono de Macedonia y siguió la política de su padre de fortalecer su dominio sobre Tracia y procuró ganarse las simpatías de los habitantes de las ciudades griegas del norte que deseaban un cambio respecto a la propiedad de la tierra y de las deudas que los agobiaban. Finalmente estalló la revolución social y las facciones de los ciudadanos afectados accedieron a Perseo en busca de ayuda.
Lo anterior alarmó sobremanera a los senadores romanos los que decidieron enviar una comisión a Macedonia, la que fue recibida con desprecio por parte del rey macedonio. En el 172 a.C. Eumenes de Pérgamo se trasladó personalmente a Roma y presentó pruebas de las intenciones hostiles hacia su reino por parte de Perseo. Los romanos le dispensaron todo tipo de honores y este. satisfecho. emprendió el regreso a Asia pasando por el santuario de Delfos para ofrecer sacrificios a Apolo. En esta ciudad sufrió un atentado contra su vida por parte de asesinos enviados por Perseo. Este fue el pretexto para comenzar la Tercera Guerra Macedónica entre Roma y Macedonia. A principios de 171 a.C. Roma envió al pretor Gneo Sicino a Apollonia, en Iliria, para establecer una cabeza de puente en la costa oriental del Adriático para ser empleada en los futuros desembarcos de sus tropas.
En ese momento Macedonia estaba en mejores condiciones económicas y materiales para una guerra que Roma, pero Perseo en lugar de actuar ofensivamente adoptó una actiud defensiva esperando el ataque de su adversario.
En el verano de 171 a.C. Roma envió al cónsul Licinio Craso al mando de un ejército que se trasladó desde Brindisi a Apollonia. Eumenes, para cooperar con los romanos, puso su ejército en pie de guerra. Perseo enfrentó al ejército romano cerca del monte Calicio infligiéndole una dura derrota, pero en lugar de explotar esta victoria se retiró ateniéndose a su estrategia defensiva. Nunca un ejército romano había estado tan desorganizado, desmoralizado e indisciplinado, pero Perseo no aprovechó la oportunidad.
En 170 a. C. Licinio fue sustituido por el cónsul Aulo Hostilio Mancio quién intentó avanzar por la Tesalia, pero fue rechazado por Filipo. En el 169 a.C., asumió el mando del ejército romano el cónsul Marcio Filipio, tan incompetente como los anteriores, emprendió la travesía del monte Olimpo y cuando llegó a Heracleum se dio cuenta de que no podía abastecer a su ejército. Pero una vez más Perseo no aprovechó la oportunidad y, peor aún, al ver al enemigo en territorio macedónico pensó que estaba todo perdido y huyó a Pidna, ordenando quemar sus naves y ocultar el tesoro en el mar.
Filipo avanzó cuatro días pero de ahí en adelante la flota no pudo abastecerle más por lo que se detuvo y retiró al sur. Perseo a su vez avanzó hacia el sur y ocupó una posición, en el Elpeo al sur de Dium, que era prácticamente invulnerable, ante lo cual Marcio Filipo abandonó toda esperanza de atacarla. En esta posición, Perseo trató de comprar a los aliados de Roma: Gencio de Ilirico, Eumenes y los rodios; también trató con un jefe celta el arriendo de 10.000 jinetes galos, pero con todos, excepto con los rodios, tuvo problemas en cuanto al precio no concretando la llegada de refuerzos.
Mientras tanto en Roma, la presión popular era enorme por un cambio en la dirección de la guerra, hasta que el Senado comprendió que no podía continuar entregándole el mando a cónsules incompetentes, que se preocupaban más en enriquecerse que en combatir, por lo que eligió, como nuevo cónsul, a Lucio Emilio Paulo. Paulo pertenecía a la antigua nobleza romana, se había distinguido en España y Liguria. Tenía sesenta años y según varios historiadores era uno de los pocos romanos importantes capaz de resistir la tentación del dinero.
El primer acto de Emilio Paulo fue requerir del Senado el nombramiento de una comisión que investigara la situación existente en Grecia. El Senado aprobó el requerimiento dejando el asunto en sus manos. Lucio Emilio designó tres delegados, entre los que se encontraba Lucio Enobarbo, triunfador en Magnesia; les entregó un cuestionario con preguntas precisas relacionadas con la situación en Grecia y especialmente con el estado del ejército y la marina en cuanto a alistamiento, medios y abastecimiento.
Una vez que los delegados regresaron presentaron un lapidario informe de la situación: que los campamentos romano y macedonio se encontraban acampados en las orillas opuestas del Elpeo, que ninguno de los dos jefes pensaba atacar, que los romanos no tenían fuerzas suficientes y estaban en la más completa ociosidad, que les restaba trigo para sólo tres días, que la flota estaba en estado deplorable y que dudaban de la lealtad de Eumenes.
A consecuencia del informe de los delegados, Emilio Paulo recibió la autorización para que seleccionara a los tribunos de sus dos legiones, las que sumaban en total 14.000 ciudadanos romanos y confederados latinos más 1.200 jinetes. Además le permitieron que reclutara dos legiones de 5.000 hombres cada una y 200 jinetes en Iliria, las que pondría bajo el mando de Lucio Anicio Galo.
Conseguido lo anterior del Senado, Paulo hizo un discurso ante los congregados de la Asamblea popular. Este discurso tiene importancia porque en el hizo mención a los estatregas de salón, cuyas sugerencias, planes y críticas paralizaban la acción de los jefes militares en campaña. Concluyó su discurso con estas palabras, según el historiador Livio:
“Si alguien se siente en condiciones de dar consejos respecto a la campaña que voy a emprender, y sus palabras son beneficiosas, no rechazaré su ayuda. Que venga conmigo a Macedonia. Yo le daré barco, caballo y tienda, e incluso sufragaré sus gastos. Pero si cree que es demasiado molesto para él emprender tal viaje y prefiere las comodidades de la vida ciudadana a los azares de la guerra, no permitamos que asuma las funciones de piloto naval quedándose en tierra. La ciudad proporciona abundantes temas de conversación; que dedique su tiempo a charlar. Por nuestra parte, preferimos discutir los asuntos de la guerra en los consejos que se celebran en campaña”



¿CÓMO VENCIERON LAS LEGIONES ROMANAS A LA FALANGE MACEDONIA?

Durante toda la Antigüedad, generación tras generación se hizo esta pregunta ¿qué hubiera ocurrido si Roma y Alejandro se hubieran enfrentado?
Pero no es una pregunta válida históricamente. La Roma de tiempos de Alejandro no era más que una pequeña ciudad de ladrillo que pugnaba con sus vecinos del Lacio. En tiempos de Alejandro, si hubiéramos viajado a Roma, nos habría resultado imposible imaginarnos, ni aún en el más fantástico de los sueños, que aquella ciudad del tercer mundo sería un día la capital del Mundo. Evidentemente, Alejandro no hubiera tenido ningún problema en borrar de la faz de la tierra a su ejército con un suspiro, no sólo porque su sistema táctico era mejor, sino porque el macedonio era un genio.
Sin embargo, años después de la muerte de Alejandro las legiones romanas ya se habían ya enfrentado a la falange macedonia durante la incursión de Pirro, rey del Épiro. La falange venció a la legión, pero no la derrotó completamente, ya que las legiones, en dos ocasiones, una vez derrotadas, se retiraron del campo de batalla disciplinadamente tras haber infligido al enemigo gran número de pérdidas. Es por ello que se habla de una "victoria pírrica" cuando se alude a una victoria que causa al vencedor tal daño que no puede sacar partido de ella. Ésta fue la primera noticia que "el mundo civilizado" tuvo de esa tal Roma, y no dejó de sorprender que un ejército de una ciudad casi desconocida hubiera resistido nada menos que a Pirro, que en aquel momento estaba considerado como el mejor general de su tiempo.
Sin embargo, la verdadera confrontación con la falange macedonia no llegaría hasta el 22 de junio de 168 a.C, ya que los ejércitos cartagineses estaban compuestos, en su mayor parte por tropas mercenarias y la falange era sólo una parte del total. Ese día de junio de 168 a.C el ejército consular romano de Emilio Paulo (2 legiones romanas más dos unidades italianas aliadas) con unos 20.000 infantes, 2.500 jinetes y 34 elefantes (los elefantes ponían una nota exótica, porque para otra cosa no servían) se enfrentó a la falange del rey Perseo en Pidna, junto al monte Olimpo.
El formidable bloque de la falange creada por Filipo de Macedonia siglos atrás proyectaba su frente erizado de picas contra la línea de batalla romana con las dos legiones en el centro flanqueadas por los dos contingentes italianos aliados. La táctica a seguir por la falange estaba clara: avanzaría contra los romanos como un erizo, pero Emilio Paulo ya había dispuesto lo que había que hacer esa mañana. La falange avanzaba, pero el terreno era desigual y el avance creó huecos que hicieron relamerse de gusto a los centuriones romanos. Los hombres de Emilio Paulo lanzaron sus pila como siempre, pero inmediatamente después, la legión se descompuso en múltiples filas de a uno que se metieron por entre los huecos que dejaban las sarissas macedonias. En ese momento los centuriones tomaron el mando táctico de la legión encabezando las hileras de romanos que se introducían dentro de la misma falange por todas partes y que asaltaban los flancos desprotegidos. Los romanos, armados con la formidable espada española corta, masacraron a los piqueros macedonios que no podían hacer nada con las manos ocupadas en sostener la enorme lanza de acometida y el escudo.
Otra soberbia ilustración del maestro Peter Connolly (Ed. Greenhill books) sobre la batalla de Pidna.

Una auténtica masacre
Los hombres de Emilio Paulo despedazaron por completo a los macedonios. Murieron cien romanos y más de veinte mil macedonios. Y tal desproporción fue posible porque aquello no fue una batalla, sino una matanza en la que los orgullosos macedonios quedaron despedazados, atrapados en su propia falange que ya había quedado irremediablemente obsoleta como unidad táctica. Aquella mañana en Pidna la legión romana demostró su soberbia superioridad táctica contra cualquier otra unidad. Su elasticidad, su flexibilidad, su capacidad para actuar en bloque o dividida en cien unidades que aguijoneaban al enemigo para después volver a unirse en un bloque compacto, decidieron la batalla lanzando a la falange creada por Filipo de Macedonia al baúl de los recuerdos.